
La santidad del diezmo
Las primeras cosas diezmadas a los sacerdotes eran las cosechas, las frutas y algunos animales, excepto los que eran considerados inmundos. De los animales considerados superiores, al pasar para el pastizal, uno de cada diez era retirado como diezmo. Los productos de la tierra, después de ofrecido, podían, de acuerdo con la conveniencia o necesidad del productor, ser cambiados por dinero, desde que los valores fuesen correspondiente a dos veces el valor de los productos. Pero, no era permitido el rescate de una décima parte del rebaño de ovejas o ganado bovino, por ser considerados santísimos.
“Pero no se venderá ni se rescatará ninguna cosa consagrada, que alguno hubiere dedicado al Señor; de todo lo que tuviere, de hombres y animales, y de las tierras de su posesión, todo lo consagrado será cosa santísima para el Señor.” Levítico 27.28
Mientras los hijos de Israel mantuvieron la obediencia a los preceptos de Dios, cumpliendo la determinación de separar el diezmo de todo que poseyeran, la prosperidad estuvo presente en la vida de ellos, su plantaciones y los frutos de la tierra producían en gran abundancia, las crías de los animales eran de buena calidad y se multiplicaban copiosamente.
La abundancia de los hijos de Dios crecía de tal manera que el tabernáculo quedaba pequeño para recibir la gran cantidad de diezmos, tanto de animales, como de frutos de la tierra, que mensualmente era llevado a los sacerdotes:
“Y cuando este edicto fue divulgado, los hijos de Israel dieron muchas primicias de grano, vino, aceite, miel, y de todos los frutos de la tierra; trajeron asimismo en abundancia los diezmos de todas las cosas. También los hijos de Israel y de Judá, que habitaban en las ciudades de Judá, dieron del mismo modo los diezmos de las vacas y de las ovejas; y trajeron los diezmos de lo santificado, de las cosas que habían prometido al Señor su Dios, y los depositaron en montones. 2 Crónicas 31.5-6
Y, una de las grandes evidencias que fundamenta esa verdad sobre la prosperidad proporcionada por el acto de diezmar está en la vehemencia con que Dios manda al pueblo israelita traer los diezmos para Su Casa y después, probarlo:
“Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice el Señor de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde.” Malaquías 3:10
Dios también promete reprender, a través del diezmo, el demonio característico de la miseria: el espíritu devorador. Ese demonio ha sido el gran mal en la vida de innumerables personas en la faz de la tierra. No hay un país que esté libre de el. Hasta las naciones consideradas del primer mundo están llenas de mendigos y personas que viven en la más terrible miseria, pues, su área de actuación es la vida financiera, causando perjuicios, desempleos, deudas, quiebras, estragos en los bienes y males diversos que necesitan grande gastos de dinero.
“Reprenderé también por vosotros al devorador, y no os destruirá el fruto de la tierra, ni vuestra vid en el campo será estéril, dice el Señor de los ejércitos.” Malaquías 3:11
Espiritualmente, el valor del diezmo trasciende el valor literal, pues significa salvación de almas, siendo el principal agente proveedor de las condiciones necesarias para que los hombres de Dios puedan anunciar en los cuatro cantos de la tierra las Buenas Nuevas, el evangelio de la salvación. A través de los diezmo, la iglesia puede llegar a millares de personas simultáneamente, a a través de las radios, televisión, diarios y de todos los medios de comunicación disponibles. Además de eso, el es el responsable por la manutención de la Casa de Dios, donde diariamente innumerables personas, atormentadas, enfermas, viciosas y arrastradas por los demonios, encuentran aliento para sus penas, liberación de los males espirituales y la transformación de sus vidas.
La iglesia ejerce una función de extremo valor par la sociedad, aproximando a los perdidos y sufrido hasta Dios y, consecuentemente, conduciéndolos a una vida nueva, bendecida y feliz. De este modo, mantener la iglesia abierta es una necesidad vital para todos los pueblos y naciones de la tierra. Con eso, se torna bienaventurado el hombre que comprende el valor espiritual del diezmo, pues su fidelidad unida a la salvación de millones de almas, lo hace ser un valioso aliado de Dios en la lucha contra el diablo. Ciertamente tal hombre tendrá siempre su vida bendecida y sus oraciones oídas por el Señor Jesús.
“Ahora estarán abiertos mis ojos y atentos mis oídos a la oración en este lugar; porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre.” 2 Crónicas 7:15-16
El acto de dar el diezmo es parte integrante de toda la historia del pueblo de Dios. Siempre que había cosechas o nacía una cría de los rebaños, era costumbre retirar las primicias para ofrecerlas a Dios. Abraham fue unos de los primeros hombres mencionados en la Biblia que ofreció los diezmos a un sacerdote. Luego que recibió la promesa del Dios de Israel de que sería padre de una numerosa nación y propietario de todas las tierras donde habitaba, Abraham construyó un altar para ofrendas y diezmos.
“Y apareció el Señor a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido.” Génesis 12:7
Aunque no existiesen aun leyes o reglamentos que estableciese oficialmente el diezmo, Abraham frecuentemente lo llevaba al altar apropiado, donde eran celebradas las ceremonias religiosas en honor y sacrificio al verdadero Dios. En la época en que su sobrino Lot fue llevado cautivo por el rey Quedorlaomer y sus aliados, el tomó consigo trescientos dieciocho hombres y los persiguió hasta vencerlos, liberando su sobrino y trayendo consigo gran cantidad de riquezas. De los despojos, Abraham retiró el diezmo y entregó al sacerdote:
“Entonces Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, sacó pan y vino; y le bendijo, diciendo: Bendito sea Abram del Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra; y bendito sea el Dios Altísimo, que entregó tus enemigos en tu mano. Y le dio Abram los diezmos de todo.” Génesis 14:18-20
El diezmo es un acto que expresa confianza en Dios, y quien lo entrega recibe de Él una vida plena y feliz. El anciano Abraham fue un testimonio ejemplar de esa vida. Su fe, fidelidad y amor al Dios Altísimo eran superiores a todos sus contemporáneos, y por eso si solo, decidió tributar a Dios parte de lo que le venia a las manos, si usura o avaricia. Dios conocía el corazón de Abraham y sabía del celo que tenía por Su casa, por eso lo bendijo a el y a su familia, engrandeciendo de sobremanera a su descendencia y dándole una vida larga y abundante.